“Castigado sin deporte”

“Los que piensan que no tienen tiempo para ejercicio físico, tarde o temprano encontrarán tiempo para la enfermedad” – Edward Stanley

La Federación Internacional de Taekwondo (ITF) ha desarrollado un programa para niños de entre 3 y 7 años denominado “Taekwondo Kids” (TKD). Enseña destrezas básicas de este arte marcial y habilidades de coordinación, así como también habilidades para la vida, la conciencia de peligro y la educación del carácter. Es ideal para los niños en edad preescolar, ya que les enseña disciplina. A los niños se les enseña a escuchar y seguir las instrucciones.

Además de las habilidades básicas de Taekwondo, el Programa TKD enseña cuestiones básicas de la cultura moral, habilidades cognitivas, habilidades básicas de coordinación, cómo mantenerse sanos y en forma y también importantes habilidades para la vida como la independencia, la organización, el trabajo en equipo, el liderazgo, el seguir instrucciones y la responsabilidad. También hay una sección suplementaria sobre la advertencia de riesgos que les enseña a ser conscientes de los peligros y de cómo mantenerse seguros. También enseña a reconocer un comportamiento peligroso y perjudicial, incluyendo la conducta imprudente, el engaño, secuestro de niños, el causar problemas, el acoso o bullying y el comportamiento agresivo. El Programa TKD no sólo les enseña a ser conscientes cuando los demás se comportan peligrosamente, sino que también los anima a ellos mismos, a evitar comportarse de una manera peligrosa para los demás.

“Con toda franqueza, no logro imaginar un mejor plan de estudios que el Programa TKD para expandir el desarrollo físico, cognitivo, conductual, social y moral de niños pequeños en el mundo entero. Así de bueno es y calurosamente lo recomiendo, junto con el Libro de Estudio que lo acompaña” – Doctor Janel Gauthier 

Respeto. Solidaridad. Disciplina. Canalización de Energía. Control de las Emociones.
No se trata sólo de enseñarles a luchar, sino que se basa en la incorporación de todos estos elementos en su desarrollo personal desde edades tempranas.

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Este es un programa que está en marcha en la actualidad. Cuando yo tenía tan sólo 4 años, mis padres decidieron matricularme en una escuela de Taekwondo ITF en Cifuentes, pueblo donde entonces vivía. No existía dicho programa, pero el maestro que tuve y las enseñanzas de aquel arte marcial fueron importantes para mi desarrollo personal desde muy temprana edad. Entonces no fui consciente, pero a día de hoy puedo asegurar que algo que aprendí y se quedó dentro de mi persona fue el convencimiento de que el respeto de un maestro se ganaba con disciplina y ejemplo.

“Tus fortalezas no vienen de ganar. Tus desafíos desarrollan tus fortalezas. Cuando superas tus dificultades y decides no rendirte, eso es fortaleza” – Arnold Schwarzenegger

A los 7 años y después de participar en el Campeonato de España de Taekwondo (y perder la final) decidí cambiar de deporte y comencé a jugar al fútbol sala. Por aquel entonces yo ya era un niño gordito, de los más bajitos de mi clase, y objeto de muchas burlas y de alguna que otra colleja por parte de los “mayores” del colegio. Tras un par de años jugando de portero (así tenía que correr menos), tuvimos cambio de entrenador y comencé a jugar en la posición de cierre, defensa. La autoconfianza que yo tenía era más bien baja, así que “quedándome atrás” me sentía más resguardado, cuando me pasaban el balón lo devolvía inmediatamente.
Mi condición de sobrepeso me siguió acompañando durante varios años. Por lo que crecí viendo como mis compañeros se burlaban de mí demasiado a menudo.
En aquella época, los entrenadores de los equipos infantiles eran casi siempre nuestros propios padres. Y “le tocó” al mío.
Recuerdo que viví aquella experiencia como algo bastante duro. Mi padre accedió a ser el entrenador para evitar que el equipo no saliera. Sacrificó sus fines de semana para viajar con nosotros, madrugones continuos de un pueblo a otro. Aguantó críticas de algunos de los padres de mis compañeros de equipo por los cambios que realizaba durante los partidos, etc. Pero en aquel entonces, con 10 años, lo que yo veía, lo que yo sentía, era que mi padre apenas me sacaba. Cada partido terminaba con una mala cara por mi parte por no haber jugado lo que yo pensaba que merecía. Y cuando llegaba a casa mi padre no estaba allí. Para mí el que estaba allí era mi entrenador, ese que no me había dejado jugar, ese que impedía que tras una semana entera deseando que llegara el partido, me hacía permanecer en el banquillo la mayor parte de los minutos.
Después nos mudamos a Guadalajara, y allí comencé a jugar en el equipo del colegio. Coincidió con mi gran desarrollo físico, y en un par de meses pasé de ser de los niños más bajos y con sobrepeso, a ser de los más altos y fuertes de la clase. Mi autoconfianza aumentó casi de manera automática.
Como cuento en otro de mis artículos (“Aquel Entrenador”), tuve la suerte de dar con un entrenador que supo sacar lo mejor de mí y que, además, me enseñó a mantener la humildad cuando las cosas empiezan a salir mejor de lo que uno espera.

“El movimiento es una medicina para crear el cambio físico, emocional y mental” – Carol Welch

Al igual que me pasó con las artes marciales, en esta época de fútbol sala no fui consciente de todo lo que aprendí, todo lo que significó para mi desarrollo, y todo lo que me iba a ayudar en el futuro. Entonces no. Pero ahora sí. Mi padre me dijo una frase que siempre recordaré por el momento en el que me lo dijo y, sobre todo, por cierta:

“Lo que sucede en el campo es un reflejo de lo que pasa en tu vida. Lo que demuestras en el campo, es lo que demuestras en la vida”

Cuando me sentía apelmazado y desconfiado en mi vida, lo era en el campo. Cuando sabía que tenía sobrepeso, que mi estatura era corta, que mis compañeros se burlaban de mí, el balón me ardía, me escondía en la campo, me escondía en la vida. Cuando crecí, adelgacé y me gané el respeto de mis compañeros, pedía el balón, me posicionaba en el campo, me ofrecía en el día a día.

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Si bien todos los artículos que escribo llevan intrínseca una pequeña parte de mí, este lo lleva directamente de manera autobiográfica. El motivo es simple. Es una muestra inequívoca de que el deporte desde una edad tan temprana me formó, me desarrolló, me inculcó unos valores, me hizo enfrentarme a situaciones duras para un niño, de la misma manera que la vida años más tarde me obliga a enfrentarme a experiencias duras para cualquier persona.

Convivencia. Respeto. Superación. Reconocimiento y Aceptación de las Emociones. Ganas de mejorar. Necesidad de retos.

Cada padre es libre de elegir el modo en el que quiere educar a sus hijos. No existe un manual de instrucciones ni uno con las mejores recetas para conseguirlo. Así que casi todos los métodos son lícitos. En todos mis artículos afirmo por convencimiento, que lo que busco no es que después de leerlos pienses lo mismo que yo, sino que únicamente lo hago para invitar a la reflexión.

“Cada vez que un padre castiga a su hijo sin deporte, no es consciente del verdadero castigo que en realidad está provocando. Le priva de elementos de formación y desarrollo tan importantes como todos los que menciono en este artículo. Le da una señal indirecta de que el deporte es algo “que se tiene que ganar” en lugar de transmitirle que es un elemento imprescindible para la vida. Corta el vínculo de confianza que tiene como miembro y parte de un grupo. El deporte, sobre todo durante los años de desarrollo, no es parte de la educación. Es la educación misma. Es un simulacro de la vida y de sus situaciones. Es una oportunidad diaria de aprendizaje, de ensayo y error de comportamientos y conductas. Es la experimentación social de la vida en grupo. La puesta en marcha de manera conjunta (en equipo) hacia unos objetivos. Es la gestión individual de las emociones. El deporte, es DE verdad POR TI.”
– Jesús Sánchez-Camacho Matilla

 

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